Sunday, January 7, 2007

Añoranzas

 

“  Son ya cerca de las ocho de una nueva y fresca mañana de otoño, y el pequeño Juan se esta acabando su desayuno.

   - ¡Venga! ¡Ve terminando que es la hora de irse! -exclamó su madre Sofía atareada con los avíos de salir a la calle.

   - ¡Sí, Mamá! -respondió el pequeño Juan levantándose de su silla con el cacao a medio terminar y colgándose a la espalda su pesada mochila del cole.

   No era más que un crío; con sus ocho años apenas empezaba a vivir y sus experiencias más audaces giraban en torno a los compañeros de clase. Sus andanzas en los recreos eran épicas: sota, caballo y Rey, al cielo voy; las canicas; las estampitas; el escondite… y lo más excitante, las prendas. En ocasiones, en una de las paredes desconchadas del patio, donde quedaban a la vista los ladrillos y sus llagas, Juan, empleaba su precioso tiempo en raspar sin descanso un trozo de azulejo, hasta conseguir la forma de un corazón que, con un valor desmesurado, se atrevía a entregar a su amada de la fila segunda de su clase.

   - Esto… ¿Qué has hecho hoy? -preguntaba Juan con sus manos escondidas disimuladamente tras de sí, a Lidia, la chica de la segunda fila-. No te he visto afuera.

   - Me he quedado en clase con las amigas -dijo Lidia mostrando cierta indiferencia-. ¿Porqué lo preguntas?

   - Bueno… es que… He hecho esto para ti -le mostró el corazón de azulejo sobre la palma de su mano extendida.

   Ella lo cogió casi por instinto, besó en la mejilla al sorprendido Juan y desapareció de repente como un fogonazo. Él sólo volvió a cruzar algunas palabras con Lidia un par de veces en todo el curso pero, de alguna manera, aquellas pequeñas escaramuzas habían significado un noviazgo en toda regla que no olvidaría jamás.

   Los años fueron pasando y Juan se desplazaba solo al colegio, dejó de acompañarlo su madre; a veces iba con algunos amigos del barrio pasando por la calle de la tienda de revistas donde compraba sus cómics de superhéroes.

   - ¡Eh, Juan! ¡Vámonos de una vez o no llegamos!

   - ¡Adelantaos vosotros! ¡Voy a ver si ha llegado el número nuevo! - dijo entrando en la tienda ilusionado.

   Vio el último ejemplar de su colección y lo compró de inmediato (Ese día se quedó sin merienda para el recreo). Era imposible que alguien pudiese arrebatárselo. Ensimismado, empezó a ojearlo y sin poder contenerse más, decidió andar hasta las antiguas murallas. Allí, sentado sobre el frío y polvoriento albero y apoyado en una no menos fría roca del muro, comenzó a leer las apasionantes aventuras de su héroe favorito bajo un sol luminoso y agradable que invitaba al sosiego y a la contemplación del paisaje. Perdía por completo la noción del tiempo, le ocurrió en más de una ocasión y, pasada la hora de entrar al cole, se dedicaba a callejear y después, a casa, la comida, su programa de la tele y a la calle de nuevo para jugar con los amigos a hacer de Bruce Lee entre los olivos, varios bloques hacia el sur.”

 

   Aquél niño es ya un hombre felizmente casado y con responsabilidades más allá de no llegar tarde a casa, completar la colección de cromos o tener lo deberes hechos. Sin embargo, sigue disfrutando de aquellas vivencias, del recuerdo de lo pasado, de los olores a papel tintado de sus cómics, de la vieja pared desconchada, de la vieja muralla… Y le gusta pasear por aquellas angostas calles y aunque la tienda de revistas sea ahora un local abandonado, parece seguir allí el simpático tendero con su radio a todo volumen escuchando el Carrusel Deportivo.

   Los recuerdos son parte de nuestra vida, toda nuestra vida pasada, y es hermoso recordarla para sentirse bien y para seguir aprendiendo, sin dejar de vivir el presente y mirando siempre hacia el futuro.

   Si no olvidamos nuestras raíces y somos capaces de disfrutar de ellas, más alta, fuerte y frondosa será la copa de nuestro árbol.

 

Posted by Reyber in 22:52:28 | Permalink | No Comments »