Animal de compañía
"- ¡Mamá, mamá! -gritaba exaltada la pequeña Raquel cuando pasaban junto a la tienda de animales del bullicioso centro comercial.
Tiraba de la madre con una fuerza descomunal para su edad. Aquella, para no tener que luchar tanto, termina sucumbiendo a los deseos de su insistente hija.
- Bueno, bueno, pero ya te he dicho muchas veces que no vamos a comprar nada. Sólo un minuto.
Era la misma historia de siempre, como un rito obligado, como un ineludible peaje por ir a la cotidiana compra y claro, tanto va el cántaro a la fuente que... Lógicamente, la madre cayó en las redes que con tanta habilidad y paciencia trenzó Raquel aunque, con mucho criterio, logró imponer sus condiciones: "Nada de perros, gatos, ni bichos grandes; y tú te encargas de todo". Terminó por comprar una diminuta tortuga caribeña (isla paradisíaca y comida incluida). La niña era la más feliz del mundo, durante días los ojos le brillaban como si fuese la mágica noche de reyes; le daba de comer, jugaba con ella, le puso de nombre Pepita, le cambiaba el agua... Pero la madre sabía desde un principio lo que pasaría tiempo después. Tardó un poco más de lo esperado, pero finalmente llegó el momento de la trágica decisión.
- A ver Raquel, te lo he dicho infinidad de veces -decía la madre-. No le das de comer a Pepita y ayer le tuve que cambiar el agua, que estaba negra y apestaba. Hasta aquí hemos llegado. Mañana estamos llevándola a un centro de animales para que la cuiden y no hay más que hablar.
- ¡No, mamá! ¡Yo me encargo de ella! -suplicaba llorando Raquel (no era la primera vez). En el fondo, y a pesar del dolor que sentía ante la inevitable pérdida de su compañera, sabía que mamá tenía razón, y que había descuidado sin remedio la atención a su deseada mascota.
Al día siguiente, entre los apenados llantos de Raquel y la evidente tristeza también de su madre, dejaron en buenas manos a Pepita. Ahora viviría mejor, rodeada de los suyos en un estanque acondicionado especialmente para su especie, en un parque de la ciudad."

Y es que ¿quién no cae a la tentación ante la pertinacia de un hijo? Todos debemos tener una mayor conciencia, y aunque sea duro, si sabemos que no vamos a cuidar sin plazos y convenientemente a cualquier animal que adquiramos, mejor dejémoslo. La culpa también la tienen los que, por hacer negocio, inundan el mercado de raros animales "domésticos" que no poseen ningún futuro en nuestras casas y que, en muchas ocasiones, terminan muriendo en un mundo que les es extraño.













Comentarios Recientes
"Ent
he visto que tienes un enlace a turismo
¿Quién es más feliz, el sab