Ni a un palmo de la nariz
Inundado por magníficas sensaciones, avanza con paso firme el impresionado viajero que, cruzando tierras extrañas, admira el sin par paisaje. Verde intenso sobre escarpados montes que se pierden en un difuminado e interminable celeste; luz que lo impregna todo y dibuja en el horizonte el contorno de una nueva ciudad.
En su deteriorada pero robusta y sabia maleta, ya no caben más pegatinas, más firmas ni agradecidos saludos. Los diferentes textos en innumerables idiomas se fusionan con armonioso desorden; parece que se entendieran a la perfección y se dieran la mano en un gesto de amistad y global confraternidad.
El viajante, disfruta una vez más de su nuevo hallazgo: se relaciona con las afables gentes del lugar a pesar de su distinta lengua; apacigua su hambre con los sabrosos nutrientes autóctonos; descubre el arte que encierra sus museos; la bella arquitectura de sus edificios históricos; las costumbres más arraigadas… Y como en tantos otros espléndidos sitios que visitó con anterioridad, hace amigos y continúa in crescendo su espíritu e intelecto de cultura y sabiduría.
Y cuanto más vislumbra… más se apena su alma, más llora su sensata justicia y más se aflige por los pueblos que se confinan en sí mismos; por los que defienden lo suyo como si fuese lo mejor de nuestro hermoso y diverso planeta, sin apreciar ni conocer las maravillas que habitan más allá de lo que son capaces de abarcar con su vista. Pueblos faltos de sapiencia que terminan colmando ese vacío con inconsciente odio y receloso ego que, en demasiadas ocasiones desemboca en vanos enfrentamientos e inútiles guerras, llevando la desdicha a sus familias.
Pueblos y gentes incapaces de ver ni a un palmo de sus narices.












Comentarios Recientes
"Ent
he visto que tienes un enlace a turismo
¿Quién es más feliz, el sab