¡Un día mágico!
” - ¡Papá, Papá! ¡Esta tarde me ha llevado Mamá al Centro Comercial y le he dado la carta al cartero!
- Claro hijo, no le vas a dar una carta al fontanero -replicó el padre a su hijo Andrés cerrando la puerta del piso tras de sí-. ¡Hola, cariño! ¡Ya he llegado!
- Pero que bruto eres Fernando -dijo María, su esposa, saliendo de la cocina secándose las manos con un paño y luciendo un simpático delantal rosa-. ¿A quién le va a dar tu hijo “la carta”? A ver.
- ¡Oh! Vaya, no había caído; es que estoy tonto.
Cogió a Andresito en brazos alzándolo primero casi hasta el techo y le dio un beso en su sonrojada mejilla. “Claro que sí. La suerte esta echada ¿verdad?” dijo sonriente.
La carta a la que se referían, era la dirigida, nada más y nada menos, que al lejano oriente. Efectivamente, la famosa e imprescindible carta a los Reyes Magos. Una carta que primero escriben los padres con todo su amor, aún sin que los hijos sepan leer, y que después son los propios peques los que la completan de una forma mística, ingeniosa, a veces tímida pero, en todos los casos, cargada de ilusión, fantasía y MAGIA; si MAGIA con mayúsculas.
Pasaron los días y llegó el ansiado momento para todos los niños: el día de la Cabalgata.
- ¡Ya vienen! ¡Ya vienen! -gritaba entusiasmado Andresito a hombros de su fatigado padre.
- ¡Si, ya se ven al fondo, hijo! Mira las luces. Que bonito, ¿eh?
Y fueron pasando delante de ellos todas las carrozas y la gente del desfile con sus llamativos vestidos de colores. El griterío era ensordecedor, se olía la felicidad; sólo había que mirar a los ojos de los miles de niños que abarrotaban con sus familias las calles para entender que no era un día cualquiera. Por unas horas te olvidas de los problemas, de las guerras en el mundo, de tu insufrible jefe, de la hipoteca, del precio de los tomates, del caramelazo en el ojo… Y gozas embebido en el ambiente y peleándote entre niños y mayores por coger más y más caramelos que nunca te vas a comer pero, cuánto más llena este la bolsa, mejor.
Y por la noche ya en casa… Andresito no sabía dónde meterse. Con el pijama puesto no para de dar vueltas por el piso; se acuesta, se vuelve a levantar. El padre prepara la copa de anís para los Reyes y se le pasa por la cabeza darle al niño una pastilla para dormir pero, al final, siempre al final, el niño por fin se duerme. Descanso.
Por la mañana, el momento del despertar, Andresito ve que la copa de anís esta vacía. Éxtasis. Los nervios son incontenibles; las emociones no te dejan pensar.
- ¡Papá! ¡Mamá! ¡Han venido los Reyes Magos! ¡Han venido! ¡Se han bebido el anís!
- ¡Vaya! ¡No puedo creerlo! ¿Por dónde han entrado? -preguntaba la madre mientras se levantaba medio dormida.
Y Andresito entra en el salón con los ojos como platos y empieza a balbucear frases entrecortadas, al tiempo que los padres, cogidos de la cintura y todavía en pijama, a su espalda, se dan un ligero y discreto beso en los labios.
Simplemente, MAGIA.”
Porque nunca perdamos al niño que llevamos dentro. Felices Reyes.